6 octubre, 2026

UN MESSI PARA CADA UNO DE NOSOTROS

Messi, por Mariano Quiroga
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(Por Mariano Quiroga) Messi es el jugador que le puso cara a esta era hipermoderna, y lo más raro es que lo hizo casi sin hablar. Nunca fue de discursos. Fueron otros los que lo contaron: los pibes que recortan sus goles desde catorce ángulos distintos, las cuentas de fanáticos que lo multiplican en pantallas, el enjambre anónimo que fabrica video tras video sin que nadie se lo pida ni se lo pague. Nunca hubo un jugador tan narrado ni uno tan poco dispuesto a narrarse. Aprendió a contarse a través de los demás, como esos viejos que dejan que los nietos cuenten la historia de la familia y, en el cuento, quedan mejor de lo que fueron.

Todo empezó mucho antes de que existiera la palabra “viral”. Un nene de Rosario con un problema de crecimiento que su club de acá no podía costear, un contrato firmado en una servilleta en el Barcelona del año 2000, un debut en primera en 2004. Mientras él crecía, crecían las redes: de los foros a Facebook, de Facebook a YouTube, de YouTube a esta picadora infinita de segundos que hoy llamamos feed. Crecieron juntos, y con ellos creció también la tribuna de los que no lo entendían. Durante años se lo acusó de no sentir la camiseta, de ser un genio catalán prestado, de achicarse cuando le tocaba cantar el himno. Lo juzgaron los que miraban la pantalla con la paciencia de un semáforo en verde. Y no supieron interpretarlo, porque para interpretarlo hay que tener algo que esta época vendió barato: tiempo.

Porque el algoritmo nos hizo creer que Messi es una jugada. Treinta segundos: la gambeta, el pase, el zurdazo al ángulo, la música pegadiza, el corte. Un cuerpo que flota entre cuatro rivales como si la cancha fuera un sueño ajeno. Pero el partido dura noventa minutos, y casi todos los noventa son una caminata. Messi camina, mira, se esconde del marcaje, vuelve a mirar, pierde una pelota, la recupera, la vuelve a perder. Ahí vive el verdadero Messi, en la parte que nunca se subió a ninguna red porque no deja likes. Lo que se ve es la cumbre y lo que se oculta es la montaña. Una cultura que sólo quiere cumbres produce, tarde o temprano, gente que se cree con derecho a la altura sin haber subido ni un metro.

Eso es el éxito en el primer intento: el eufemismo con el que el mercado vende la impaciencia como virtud. Lo llaman “agilidad”, “disrupción”, “salir al mercado rápido”, y lo que nombran es una trituradora que descarta lo que no rinde a la primera. El que no pega a la primera, afuera. El proyecto que tarda, afuera. El pibe que no explota a los veinte, afuera, y sin pasaporte para volver. Por cada historia de éxito instantáneo que nos muestran hay una fila silenciosa de intentos que el sistema escupió antes de que maduraran, y esa fila es la que no sale en las notas de color. El éxito de pocos es el cementerio prolijo de muchos. ¿Cuántos Messi malogrados habrá en el camino, por cada uno que tuvo quien le pagara el tratamiento, la paciencia y la segunda oportunidad?

Mirá su calendario. Cinco Mundiales: 2006, 2010, 2014, 2018, 2022. Cinco veces la misma puerta, cinco veces el mismo golpe en el pecho. Perdió una final en casa del rival a punto de besar la copa, y tras una eliminación llegó a anunciar que se iba de la selección. Una renuncia en caliente, la de alguien que ya no aguanta, y que después revirtió, que es lo más humano que se puede hacer con una renuncia. Después vinieron las Copas América y, al final del camino, Qatar. A los treinta y cinco años levantó la copa que el mundo le debía. Veinte años de intentos contra un mundo que dictaba sentencia cada cuatro. Y mientras tanto lo pitaron, lo midieron contra el fantasma de Maradona, lo condenaron antes de tiempo, lo declararon “terminado” y lo declararon “frío” y lo declararon “no apto para esta camiseta”. Los mismos que lo despreciaron hoy se hacen fotos con la bandera. La hipocresía de la tribuna es el único deporte donde nadie pierde nunca.

Los números del fracaso son la parte que no se cuenta. Cualquier atleta de alto rendimiento falla más de lo que acierta: el mejor goleador yerra más disparos de los que embocan, el mejor lanzador pierde más duelos de los que gana. Eso no es una falla de la excelencia. Es su textura. Quien fracasa seguido y sigue es lo que llamamos, sin pensarlo mucho, un profesional. Y quien aguanta el odio de los haters, esa multitud sin cara que hoy se reparte el mundo en comentarios, sabe algo que ninguna app enseña: que la crítica es ruido y que el trabajo es silencio.

Pero hay otra cosa, más extraña, que este hombre hace sin proponérselo. Messi es de los pocos lugares donde la Argentina todavía se reconoce a sí misma. En un país que pelea por todo, por el dólar, por el pasado, por la palabra “casta”, por cuál de las dos mitades es la verdadera, hay un instante en que dos desconocidos que no se soportan gritan el mismo gol y se abrazan sin preguntarse a quién votó el otro. Una grieta que se cierra durante noventa minutos no resuelve nada, pero demuestra que cerrarse es físicamente posible. Qué rara la época que nos arma en trincheras y que, cuando aparece algo capaz de unirnos, lo interpreta como excepción y no como señal. Si hay un lugar donde caben todas las posiciones, ¿por qué no pensar que hay otros? Si nos sale con el 10, ¿por qué no con la escuela, con el barrio, con la cooperativa, con lo común? Una comunidad organizada empieza siempre en algo tan modesto y tan inmenso como una emoción compartida.

El algoritmo, a su manera perversa, nos dice algo parecido. Hay un Messi para cada uno. El de los goles al Getafe, el de la gambeta imposible, el del Barcelona de Guardiola, el de Qatar, el que lloraba en el piso del Maracaná, el que besa la copa en la madrugada del domingo. Cada cual tiene el suyo, y ahí está la trampa y la belleza: lo que el sistema usa para encerrarnos en burbujas es también lo que nos permite hacer memoria personal, elegir qué recuerdo guardar. Cada Messi es una ventana al país que fuimos cuando éramos jóvenes, al que somos, al que todavía podríamos ser. El mismo dispositivo que nos fragmenta puede, si lo sabemos mirar, devolvernos una biografía.

Todo esto, claro, es efímero. Ojalá dure. Ojalá lo tengamos todavía un tiempo, y mientras esté, a disfrutarlo sin la neurosis de la despedida. Este año, además, se llevó a otro de los nuestros: se fue el Indio Solari, y con él se corre un telón que los de más de treinta conocemos bien. Hubo un tiempo largo, larguísimo, en que Messi y el Indio convivían en la misma pieza de nuestra cabeza: uno haciendo delirar al estadio con los pies, el otro haciéndolo su voz. Los dos nos dieron lugares a donde volver cuando todo lo demás se desordenaba. Ahora nos toca aprender a hacer los duelos más rápido, o a entender que el duelo no es una transacción que se resuelve en un clip.

Los ídolos no se miran: se escuchan, se viven, se agradecen. Quizás la última lección de Messi sea ésa, y es la que más cuesta: soltar el celular un rato. Dejar de mirar la pantalla para ver lo que nos devuelve el que juega, el que canta, el que escribe, el que hace. Porque el gol de treinta segundos es el instante y los noventa minutos es la vida. Y la vida, como el fútbol, no se gana con una buena edición. Se gana de a poco, un pase por vez, en un campo donde varias veces el gol de nuestras vida no sucede en la primera jugada.

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